El primer día de trabajo y la seguridad social: una obligación que no admite demora



Hay algo profundamente injusto en empezar a trabajar sin cobertura social

Existe una cuestión que rara vez aparece en los manuales de incorporación de personal: ¿qué sucedería si este trabajador sufre un accidente esta tarde, cuando todavía no hemos terminado los papeles?

La respuesta, aunque nadie quiera pensarla, es clara y grave: la persona quedaría a la intemperie, y el negocio, expuesto a un problema legal y económico de proporciones imprevisibles.

Este no es un caso extremo que solo les ocurre a otros. Es una realidad cotidiana que ocurre en miles de empresas de todos los tamaños, en todos los sectores y en todos los países.

El tiempo que transcurre entre el primer día y la afiliación: un vacío peligroso

En gran parte de las empresas hay un período que se da por sentado como parte del proceso. Ese período no es inofensivo. Es un lapso de vulnerabilidad absoluta para quien depende de su trabajo para vivir.

Póngase en el lugar de quien acaba de conseguir trabajo después de semanas o meses de búsqueda. Ese trabajador confía, con razón, en que su empleador ha cumplido con los trámites correspondientes. Y esa buena fe depositada en el empleador, cuando no se corresponde con la realidad, deja a la persona en una situación que no eligió y que no conoce.

La protección que otorga el sistema de seguridad social no es una recompensa por superar el período de prueba

Este es probablemente el error conceptual más extendido entre los empleadores que postergan los trámites de inscripción. Existe la creencia, equivocada y peligrosa, de que la afiliación puede condicionarse a la superación de una etapa inicial de evaluación.

La ley no contempla esa lógica. Cuando alguien comienza a trabajar para otra persona o entidad bajo condiciones de dependencia o subordinación, la protección social debe activarse de inmediato.

No existe en la legislación de ningún país democrático una figura que permita al empleador decidir si afilia o no a un trabajador según su conveniencia. Y aun así, esta conducta se repite. Y ese hecho revela una brecha entre lo que la ley ordena y lo que muchos empleadores hacen.

Lo que se juega un trabajador no afiliado en cada jornada laboral

La seguridad social es, en esencia, la promesa de que el trabajo formal trae consigo una red de contención ante los imprevistos de la vida.

Esa protección alcanza al accidente que nadie planificó. Pero esa red solo funciona si el trabajador está dentro de ella.

Cada hora de trabajo no cubierta por la seguridad social es una hora en que el riesgo recae enteramente sobre la persona y no sobre el sistema que debería compartirlo.

Un negocio que protege a su gente es un negocio que se protege a sí mismo

Además de la obligación jurídica y del deber humano, hay una lógica de negocios que apoya firmemente la afiliación inmediata: las empresas que protegen a sus trabajadores generan entornos laborales más estables, más productivos y más atractivos para el talento.

Un empleado que percibe que la empresa cumple sus compromisos desde el principio desarrolla un nivel de compromiso que no se obtiene con ningún incentivo económico.

Y en el otro extremo, cuando un empleado se entera de que estuvo desprotegido durante sus primeras semanas, el vínculo entre el trabajador y la organización sufre un deterioro que ninguna conversación posterior puede revertir por completo.

Afiliar desde el primer día no requiere grandes recursos ni procesos complicados

El mayor impedimento no es la falta revisa aquí de medios sino la falta de prioridad.

Cuando un empleador establece que este trámite es el primero de la lista cada vez que incorpora a alguien, el proceso se vuelve natural, eficiente y libre revisa aquí de contratiempos.

Registrar al empleado en el sistema de protección social desde el momento en que inicia sus funciones es, más que cualquier otra cosa, un acto de integridad.

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